Ya sé como funciona el cianuro

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aqp – pe

Todo empezó, todo siempre empieza, con la última discusión.

Al fin quien tiene la razón… no importa. La situación va desgastando.

Hola, dije tratando de poner un alegre inflexión en la voz. Te parece si vamos más tarde a tomar algo?

Bueno, contesto un poco esquiva. No es que esperara que salte en un pie de la emoción, pero la parquedad de algunas personas me resulta insoportable.

Debo ser más diplomático, pensé tratando de controlar mis deseos de mandarla a la mierda.

Ok, entonces ¿a las siete esta bien?

Mmm, bueno.

Nuevamente el deseo de estrangular. En fin… al final de esa tarde habíamos bebido lo suficiente como para sufrir las consecuencias al día siguiente, y no me refiero al malestar en general, o al dolor de cabeza. Me refiero específicamente al hecho de que antes, es decir la tarde de los tragos, de la nada empezamos a discutir. Quisiera pensar que alguien tuvo la culpa, pero la verdad es que no recordamos nada de lo que pasó para detonar la bomba. Lo que sí es que luego de mil maldiciones y algunos amagos de abofetearme o patearme, y que la sujetará a la fuerza y la soltara y luego la siguiera terminamos en un a habitación con ella golpeando su cabeza contra una pared mientras yo vociferaba y buscaba con que prender fuego a la habitación.

Luego a buscar la solución.

Muy pocas personas se dan cuenta. La mayoría nunca se interesa y lo resumen al hecho de los vanos comentarios. ¿Cómo lo aguantas? ¿Por qué no terminas con ella? Todos los hombres son unas bestias. El océano está lleno de peces.

Y no faltan los inacabables: son el uno para el otro, relación amor odio, relación enfermiza, al final se quieren y todo tipo de estupideces.

Pero la verdad es que si no pones el pare de arranque estas condenado a repetir y a repetir el plato.

Así que en aquella ocasión, ya a la mañana siguiente decidí mandarla por un tubo, por no decir como antes a la mierda. Rayos, ¡lo dije!

Al llegar las lágrimas, y si claro que te entiendo si quieres marcharte hazlo no te voy a detener, y si me mato no será culpa de nadie, y yo también te quiero pero igual me sentí mal, y claro, todas la versiones desde cada uno de los puntos de vista de cada cual. Nunca hay culpables, y cuando por fin se siente culpable el malo eres tú.

A veces hasta piensas en la venganza. Una suerte de Conde de Montecristo. Pobre Dumas, cuanto habrá sufrido… y si no que linda la hizo.

Suele ser el libro inspirador para todos los resentidos que se pueda esperar.

Así pues Montecristo te desafía a que lo emules un algo siquiera.

Y claro los amigos de nuevo al ataque. A hacer leña del árbol caído, que aunque te digan que es ella, siempre acabas por ser tú.

Y pasa. Se controlan. Pasan los días las semanas, incluso las reuniones. Y un buen día revienta de nuevo.

Un saco de verde y viscosa bilis empaña el lente del espectador y las dos personas se tornan perversas, como solo puede serlo el humano, y el fango cubre todo hasta el desesperado intento de suicidio.

Esas son las inconveniencias de no saber parar a tiempo. Y tal vez es chantaje, pero en el fondo de la conciencia, donde siempre se empoza un poco de culpa… y ¿si no es chantaje? Y si se mata…

La justificación… hasta por evitar líos iré.

De nuevo al ruedo.

Si antes se tranquilizaban una temporada ahora las crisis se hacen más frecuentes. Se cambian los roles y hasta tu finges, y buscas, y deseas genuinamente desaparecer. Pero desde tu óptica falta esa pizca de valor para soltar la cuerda.

Y una vez más.

Y las crisis incluso pasan a ser rutina y van desapareciendo…

No.

Van incrementándose de forma más peligrosa.

De forma que no se advierten. Sin tanto grito ni amenaza, pero menos vanas. Ahí están. Esperando a la vuelta de página para saltarte al cuello y desangrarte. Pero ahora ya no las reconoces tan fácilmente, o no quieres percatarte de su presencia, pero igual sabes que están.

En el conde de Montecristo aprendes que para matar a una persona y quedar libre de sospecha puedes ir administrando una breve e inocua dosis de cianuro a tu organismo. Es un plan perfecto. Cada cierto tiempo y con mucha precaución vas aumentando la dosis y tu organismo va protegiéndose, creando defensas, asimilando de forma natural el veneno.

Llega un momento en el que del mismo vaso, con el veneno, puedes beber con la otra persona, que en cuestión de minutos convulsionará y padecerá una insufrible muerte, y sin embargo a ti no te pasará nada.

Las peleas siguen. Un día alguien tomara al asalto final un hacha y…

Pues bien, en el ámbito de las peleas, ya se de forma práctica como funciona el cianuro.

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