Llegar tarde… (DAYDREAMER)

El espejo sonríe y el camino se hace largo.

Las puertas son los brazos que lo esperan, y el zumbido de los fluorescentes la melodía del buenos días.

Una vez más.

Quizás mañana haya cambio, como decían en “La Cordura”, pero el sólo hecho de la incertidumbre le encendía las entrañas cual fakir devorador de fuego.

En fin, hoy es hoy, y eso es lo que importaba.

Descendía del impenitente bus que asfixiaba a sus pasajeros cada mañana a fuerza de hacer caber 50 en el lugar para 30, y pensaba en la sonrisa que le había dedicado al espejo y en la devolución de la misma por parte de este.

Definitivamente era un gran inicio de día, pero el viaje contrarrestaba toda posibilidad de continuar en es estado de ánimo.

Cuando bajo se percató que había sufrido el periplo por cerca de 50 minutos.

Era demasiado.

Había que tomar algún tipo de medida.

Finalmente llegó a la empresa para descubrir que los 6 minutos de retraso le serían descontados en el valor de una hora entera.

Las normas eran las normas. Así lo entendía.

Pero…, ¿y por su seguridad? ¿quién velaba?

Las empresas no pierden. Son impersonales. Trabajan en función a tarjetas y reglas, a normas y horarios, a centímetros y dedos.

Okey, okey… las reglas son las reglas… pero también existe la flexibilidad.

Claro, pero ¿qué tan flexible se puede ser sin salir de la norma?

Tal vez si cambiáramos las reglas…

Quizás mañana haya cambio, quizás…

Es obvio, yo he aceptado las reglas, pensó, pero ¿realmente las había aceptado?

¿Alguna vez aceptó las reglas? ¿siquiera sus propias reglas?

Al fin que sólo Dios y los idiotas nunca cambian, que sólo hay dos clases de imbéciles los nunca hacen lo que se les dice y los que siempre lo  hacen.

Total, la libertad era sólo escoger a que encadenarse…

En fin, hoy es hoy, y eso es lo que importaba.

Abrió la puerta del sucio despacho.

Aquí nadie recordaba hacer la limpieza, y escupió los restos del desayuno sobre el tacho.

Se sentó en el antiguo sillón y se acarició la mal afeitada barba.

Un caballero cuida muchísimo la apariencia y la higiene, le decía su abuelo cuando chico.

Definitivamente el no era un caballero. Si lo viesen…

La camisa con el cuello percudido, y completamente arrugada de la forma que sólo puede estarlo con tres días sin cambiársela ni para dormir.

La corbata mal anudada y suelta para no estorbar el cuello y la papada sudorosa que lo hacía sentir como una gran y vieja rana.

Los pantalones brillantes como los de profesor de colegio pobre de hace 100 años.

Y finalmente, el sobretodo. Largo y gris como sus días, apestando a las colillas de cigarros a medio fumar que guardaba en los bolsillo junto a alguna ocasional chata de ron barato.

6 minutos… Era una desvergüenza. Había que pensar como descargarlos.

Saco su vieja navaja y empezó a limpiarse la mugre de las uñas cuando entró Omar, el asistente, y le dijo que lo llamaba el jefe.

Bajo lentamente los pies del escritorio y con toda la pesadez del mundo se incorporó y salió tras el delgado office boy.

Al llegar al impecable departamento de servicios generales del ministerio, no pudo dejar de observar a la rubia mecanógrafa nueva.

Bachielli, llamó imperiosa desde el otro lado la secretaria en su escritorio, pase, el jefe lo está esperando.

Gracias dulzura, contestó él mientras pasa su dedo grasoso por el cristal del escritorio dejando un rastro opaco.

Ah, Bachielli, pase, pase… tome asiento, indicaba Labpo –¿qué clase de nombre era Labpo?- a la vez que se paseaba de un lado a otro revisando un papel.

Se preguntará por qué lo he hecho venir, Bachielli asintió, pues verá… esto es más difícil para mí que para usted. No se crea. He estado revisando su record de asistencia y… pues esto ya es demasiado, en el último mes no ha llegado más de dos veces a la hora, todos los demás días hmmm, además he recibido quejas de la atención del archivo a su cargo y si a eso agregamos la pérdida de documentos en el mismo y el desorden del mismo… bueno Bachielli, lo que le quiero decir es que la empresa ha decidido dejar de contar con sus servicios…

¿Qué?, tartamudeó, pero si yo sólo cuento con este trabajo, usted no puede hacerme esto…

No soy yo Bachielli, ha sido usted mismo, además véase… la hace mejor de mendigo que como empleado de Servicio Generales, no es nada personal Bachielli, la decisión ya ha sido tomada, pase por favor por sus cosas y pídale a la señorita Yenny que le cancele o prepare su liquidación.

Pero estoy más de 15 años en este empleo, me quejaré al sindicato, llevaré mi caso al ministerio de trabajo, le meteré una demanda…. -y mientras acariciaba la punta del cuchillo saca mugre-.

Bachielli, no se ponga grosero. No soy yo, es usted mismo quien pierde. Verá… mmmm, por dónde esta… -y empezó a revisar el cúmulo de papeles- a ver…. bueno este, por ejemplo, es un informe del retraso y perdida en la concesión Boasher & Dumpkin Ltd. ¿Sabe usted cuanto esfuerzo le cuesta al gobierno traer inversores tan grandes para que usted con su supina ineficacia eche a perder? Ah! acá está… informe de suspensión por fumar en el ARCHIVO… activó los sensores de humo y estropeo documentos invaluables… De no ser por la prensa y que lo trataron como víctima del sistema ya no estaríamos hablando de esto…

Pero es que son leyes estúpidas, como se le va a dar a Boeash… o como se llame…

Mire, cuando quiera cambiar las cosas empiece por ser puntual, ahora váyase y déjeme trabajar.

Mientras decía esto se inclino a seguir revisando papeles.

El resto fue sólo cuestión de segundos, Bachielli avanzó sobre el escritorio sacó su navaja y la hundió hasta el cogote salpicándose de sangre la camisa, el escritorio y todo alrededor, le caía sangre en la cara y le molestaba en los ojos…

 

El espejo le devolvió la sonrisa.

Alex, sonó la voz en el primer piso del chalet, apura hijito, ¡Vas a llegar tarde al colegio!

Alex soltó el ‘apuñalado cuello de su jefe’ en forma de tubo de pasta de dientes, tomó su mochila al vuelo de encima del inodoro y bajó corriendo.

Nunca llega tarde el que llega, mamá…

 

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