foro Gráffika (dos de veintitrés) Viaje a la Ilusión

¿El hombre que nunca más bailó?¿qué clase de título es ese?, dijo Lucrecia dejando entrever brillantes y blancos los afilados comentarios que vendrían.

Lucrecia… ¿cómo podía haberse comprometido con ella?

Bueno, es un título provisional, se excusaba en la blandura que de él había hecho esa máquina de triturar era que el amor. Esa máquina que tenía que ser más peligrosa y destructiva en manos de Lucrecia.

Lucrecia…, sonaba a…, ¿qué era lo que le hacía recordar exactamente su nombre? Lucrecia…

¡”El hombre que nunca más bailo”!, siguió mofándose. Disculpa mi amor pero no negarás que es un nombre ‘sugerente’; y tuvo que llevarse la mano para cubrir su boca mientras las mejillas se le humedecían con las involuntarias lágrimas de la risa.

Verás, dijo él afirmándose. Se refiere a que una vez que quedó sin su pareja nunca más quiso bailar. El baile es una representación suprema, ideal. Es un respeto romántico.  El baile es la encarnación del erotismo. La subjetividad del coito pero en comunión. Es como el canto del cisne.

Vamos… ¿en serio?¿el canto del cisne?

Canta una sola vez en la vida, cuando muere su pareja.

Pues hubieras llamado a la novela: “El canto del Cisne”, y no esa cursilería: “El hombre que nunca más bailo”.

“Entró a la habitación. Le sorprendió que estuviera todo tan obscuro. ‘Acabo de llegar’ le dijo por teléfono. ‘Bueno ya, voy a buscarte’le contestó él. ‘Voy a tardar sólo un poco porque debo comprar alguna cosas y además recién está secando la ropa’. ‘Xévere, entonces voy a dormir un poco. Anoche casi no he podido y el viaje además ha estado fatal. ¿Dónde te metiste que no contestabas?’ ‘¿Qué? Mi teléfono ha estado encendido todo el tiempo.’ ‘Bueno, ya conversaremos después, me quiero recostar’. ‘Bien, ciao’. Y ahora todo tan obscuro. Ni una cortina abierta. Toda la luz llegaba del televisor. Volteó y la vio durmiendo. Le entraron esos enormes deseos de ahorcarla… Le tenía tanto odio retenido. Depositó sus cosas en el tocador, jaló la banqueta del mismo para sentarse frente a ella y observar su sueño. Esos ojos, que antaño había buscado en las aulas universitarias con desesperación se le presentaban ahora ajados, arrugados y desteñidos del color de vida. No podía verlos sin que le viniera a la mente aquella tara incontrolable que tenía cuando se irritaba y que le hacía parpadear muchísimas veces en un segundo.

El recuerdo lo sobrecogió. ¿No hubiera sido mejor que se cayera el avión en que vino ella y extrañar amante a la muerta que tenerla viva con odio? Claro. Los otros pasajeros no lo merecerían. Aunque su inmolación bien hubiera hecho que Roger los considerara héroes.

Ella movió la cabeza y giró al otro lado. Roger pensó que tal vez iría a despertar, y una arcada sacudió su laringe. La detestaba. Ella había hecho todo lo necesario para ir desenamorándolo poco a poco. Pero era cobarde. No se atrevía a decírselo.”

‘No, eso no’, pensó. ‘Roger no debe ser cobarde, al contrario. Debe pisar fuerte. Debe hacerse respetar’. Se levantó a servirse una taza de café y encontró sobre el escritorio una lista de encargos que le había dejado Lucrecia. Recordó sus burlas acerca del nombre de la novela. ¿y si tenía razón?¿Si el título es demasiado…?¿…? Le costaba creer que había pensado en un título tan estéril. ¿Cursi?

‘Además ¿qué sabe ella? Ella es una simple agente viajera. No sabe nada. ¿qué puede saber? Toda su vida se limita a papeleo, a burocracia, a facturas. Esa es toda su literatura. Que tengan letras y palabras, lomos, tapas y folios, y estén empastados no los hace libros. Ella hubiera preferido que escriba… no sé, algún ensayo de investigación científica o un manual de marketing… Nada. Ella no sabe nada. Mañana le muestro a Lorie y que ella me diga.

‘Ahora que… si ella también me dice que es …. Que no está bien, entonces veré. Pero el que lo diga Lucre si jode.

‘Lucrecia… a qué suena… ¿a lucro? ¿Es su significado el que tanto me desagrada?

‘Quince días de vida’, suspiró. ‘Bueno quince no, esta noche es cine’, pensó recordando que iban a ver una repasada de “La Noche de las Narices Frías”.

Ella gustaba de esas pelas. ¿Quién era el cursi? Ese título no le parecía cursi, ¡no!

¿Acaso no era más cursi ir a sus 27 años a ver un refrito de Disney al cine?

Avanzó a la cocina y se sirvió una taza de café negro. Recordó que tenía que recoger al gato después de la agencia. ¿Qué estarían pensando Peter y los otros? Seguro en una buena despedida de soltero. Era lo único que le quedaba de bueno. Luego del matrimonio tal vez la agencia fuera más que trabajo. Ya la iba sintiendo como un refugio que inexpugnable lo cuidaría de Lucrecia. ¡Claro! También estarían los continuos viajes de ella.

¿Viajes? ¿y cómo soporta la Luna de Miel? ¡Qué desgracia! ¿Por qué se casaba si odiaba tanto el matrimonio?

¿Lo odiaba… o tenía miedo?

No. Lo odiaba, sí. Pero al matrimonio. A comprometerse con Lucrecia. A Lucrecia.

Odiaba a Lucrecia. Por eso escribía la novela. Porqué ella lo había tratado de desanimar. Porqué se burló del título incluso cuando era sólo una idea aún. Porqué se burló del título del mismo modo que de todo lo demás que él hacía. De sus campañas, de sus amigos. De sus amigas.

Él la odiaba, sí, y seguro que ella lo odiaba también a él. Por eso iban a casarse. para vengarse mutuamente. Para atrapar y hacer infeliz al otro. ¡Claro! Ahora entendía todo al alivio de la caliente porcelana con café.

¿Qué haría Roger? ¿Mataría a Lisa? ¿Él mataría a Lucrecia? ¿Sería capaz? Y esa maldita idea que no le quedaba clara: ¿a qué sonaba Lucrecia?

¡Ah! ¡ Ya lo sabía! ¡¡¡Lucrecia sonaba a Crueldad!!!

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