Archivos para 18 octubre 2013

Protegido: Gracias Fantasma de la Ópera, [feliz aniversario Denja]

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Intrascendente moral.

A veces tienes la necesidad de escribir por el placer de escribir. Poco interesa que te lean o no. Es como aquella canción instantánea que compuse ayer. Me gustó. Cumplió. Ya no la recuerdo.

Algunas cosas no están hechas para perdurar o trascender. Mejor dicho, muy pocas cosas están para trascender, espero. La verdad creo que nada. De acá a unos años nadie va a saber de ti, ni que hiciste ni quien fuiste.

¿Conoces acaso tú la historia de tu tatarabuelo? El que sentía, cómo se emocionaba, qué cosas lo motivaban.

¿Sabes acaso el nombre de su madre?¿o de su primer amor?

Algunos son más conocidos por sus obras: innegable es la grandeza de Ghandi o de Luther King, en favor de la paz; reconocemos el trabajo de Leonardo y la maravillosa imaginación de Jules Verne; la tristemente fama de Stalin o Hitler…

Pero hasta ellos desaparecen eclipsados por los tiempos. Personas más intrascendentes como Bieber o Miley los reemplazan en la mente de los niños de hoy, del mismo modo que tuvieron sus 5 minutos muchos -a Dios gracias ahora desconocidos- como Servando y Florentino, por citar un ejemplo.

Hay en una plaza un monumento a un cretino que se hizo llamar libertador y al que ahora un gran número de ignorantes idolatra, un pobre diablo que se hizo el primer dictador en Perú y restituyó la esclavitud. Libertador… jah!

Hay un buen numero de avenidas y calles, y residenciales y edificios con el nombre de otro de los grandes traidores de Perú. Éste fue presidente cuando la guerra con Chile. Honrado por los mismos a los que traicionó.

Lo bueno es que de acá a ya mismo, a unos 300, a unos 1000, o a un millón de años NADIE los recordará. Si fuera que los recuerden entonces la estulticia humana estará justificadísima. Pero la verdad es que con suerte no habrá quien los recuerde.

Entonces ¿qué importancia puede tener esto que escribo? ¿qué valor el aire que respiro?¿qué importan las horas en las que me muevo, o las amistades que dejé atrás? Los amigo que no veo, los extraños deseos, los amores perdidos, la esencia de lo vivido…

Puede que esto nadie lo lea. Como la canción de ayer desaparecerá. ¿Por qué ese animo de querer más a costa de los demás, entonces?

Pero tengo la esperanza de que no todo ha sido en vano.

En este refugio de breve instante de tiempo te cuento estas cosas a ti que lo lees. A ti que soy yo mismo. 

Esta es mi catarsis, mi refugio. Ayer cantaste para Tyago, y ese instante se llevó con creces toda la historia de la humanidad.

Ayer con una canción improvisada te alzaste más alto que las deidades del Olimpo, escupiste en la arrogancia de la historia, y entonces… desapareciste. Sin dejar rastro ni seña.

Entonces valió la pena. Como el Tema de Arcadia, y el texto “cortazariano” de César Bruto: “Siempre que viene el tiempo fresco, o sea, al medio del otoño, me la loca idea de pensar en ideas extrañas, en cosas excéntricas…”

Ya ves, escribo sólo por escribir, por una necesidad, o tal vez sea mejor decir necedad, de contar algo y punto.

A los grandes críticos de mi tiempo, a los improvisados curadores de bar, a los insolentes y majaderos bienpensantes, esos con la cara de orto y el ceño fruncido, esos que son sobrios en su pensar y que quieren por dentro las trenzas soltarse, a todos esos señores cuya dignidad desaparece con un ron, pero que públicamente muestran su descontento con lo que los demás hacen, esos que son también un poco como yo le digo: Felicitaciones y jódanse. Pienso seguir

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Pares y Nones

Ella dedica su tiempo a escribir.

Luego decide que no termina de encontrar las formas correctas.

Al final la forma importa, cree.

Él, si hay una ella debe haber un él –no siempre, ahora sí-, clava los dientes en un pan con una lámina de jamón y otra de queso fundido, mientras piensa que la forma es una humana estulticia. Los cuentos que ella crea nadie los cree. Y esto va más allá del juego retórico. Son cuentos. Se nota que son cuentos. Sabe hacerlos, aunque no le guste la forma en que quedan. Las mentiras que él cuenta son verosímiles. No le interesa crear, sólo lo hace como mecanismo de defensa. Sobrevivir ante todo.

La gente gusta de los cuentos de ella, pero creen más en las mentiras de él.

Y es que sus mentiras las vive. 

Mezcla de manera hábil e imperceptible –incluso para él- las mentiras con los contextos que conoce y así tiene apoyo para argumentar. Siempre derivando los temas a los puertos en los que ha estado antes, a los que conoce, a los que modifica.

Ella ha decidido no leer un rato, sino hacer lo que mejor sabe, observar. Ahora sólo describe. Así se empieza tranquilamente: “La humedad del suelo de cemento reflejaba la grisácea y pálida iluminación del cielo enfermo que de arriba la observaba. A los costados, cual ejército de esperanza, los brotes de pasto le daban un delineado a los jardines a los costados de la berma.”

“Las diferencias que habían entre el plomo suelo y el verde jardín parecían la alegoría natural a la diferencia entre el pobre jardinero con su pantalón de mezclilla y sus botas gastadas, con su sombrero de tela azul y su chaleco de polar que signaban bien su estatutos en esta sociedad latinoamericana de inicios del XXI: él era un triste y pobre diablo al servicio de alguien con más poder; y la presencia del educador, con terno y corbata, con los brillantes zapatos hechos para pisotear al jardinero, metafóricamente, por supuesto. “

La indignación de ella propone una denuncia, mostrar un hecho, tratarlo para que la forma no sea grotesca sino que, de a pocos, pueda enganchar. 

Pero las mentiras que él propone permiten establecer los hechos como se dan. Fríamente, sin ambages, para poder continuar: “La sociedad es así. Yo no tengo la culpa que algunos tengan y otros no. No puedo detenerme a ver esas cosas. Tengo que ir con la corriente, aprovechar mi oportunidad y salir al cemento para no mojarme los zapatos con la humedad del jardín. No voy a ser un jardinero –Señor Jardinero hace usted un trabajo encomiable, me gustaría hacerlo también yo (mentira, paga poco y no da poder)- voy a ser el educador”

Y sí, ella: ingenua.

Él: inconsciente.

 

 

Ella dedica su tiempo a escribir.

Luego decide que no termina de encontrar las formas correctas.

Al final la forma importa, cree, pero no es cierto, sabe. Si no hay una ella, entonces él no debe existir. 

 

Pero existe. Tiene 5 años y ha ido a visitar a los parientes con su familia. Al final se quedó a dormir en la casa de los tíos y hoy debe regresar a su propio hogar. No está mal su casa, pero es que hoy no la extraña. Muchas veces no la extraña. Si fuera gato saltaría de techo en techo para librarse de los perros y aprovechar el sol. Pero no es gato. Mientras van a dejarlo de vuelta a casa se han detenido en una estación de servicio, acá les dicen “grifos”, sabe Dios por qué.

Ha estado lloviznando desde ayer y las pistas están húmedas. cuando pasan los autos suena el aplastar de las miles de burbujas que se van formando y reventando en el acto. Es la oportunidad. Él ha querido viajar en la perrera -no es perro tampoco- del viejo vocho 67, pero se lo han prohibido, sabe Dios por qué..

El olor de la nafta le ha mareado y es entonces que bueno, para que pare de fastidiar, le dejan que se meta en el estrecho espacio que tienen los volkswagen escarabajo entre el asiento y la luna traseros, sabe Dios por qué.

Cuando han partido no le ha ido como creía. Fuera se ve todo deformado por las gotas de lluvias que caen en el parabrisas trasero. Una tras otra las gotas minúsculas van descendiendo sumándose a las que estaban quietas y arrastrándolas en su bajar. 

Al llegar a una avenida ha desacelerado el tío porque se aproximan a un cruce con el semáforo en rojo. 60 segundos no son muchos realmente, pero a él le han bastado para ver a la menuda niña que del brazo de su abuelo cruza presurosa por la cebra peatonal. Se le cae un libro que en el aire atrapa. El abuelo la ve y ella sonríe con la frente salpicada de la incesante llovizna. Terminan de cruzar y de algún modo extraño ella se percata de él en el auto y le agita la mano diciéndole ciao, del modo del aloha hawaiano, es decir una combinación de hola y adiós.

Cuando llega a casa se queda con la imagen de la niña en la cabeza por más de 20 años pensando alguna vez volverla a encontrar. No sabe de que forma. La forma no importa, cree. 

 

En su casa, en ese momento, ella se dedica a escribir. Abre su libro de cuentos ilustrados y se pone a ver los dibujos y a escribir sus propias historias acerca de las imágenes. Es una buena forma de empezar. Describir. No lee el cuento porque le bastan la sucesión de imágenes para crear su propia historia al respecto. Por eso no lo lee, aún, sólo se dedica a hacer lo que mejor sabe, observar.

Y en su pupila se ha quedado la cara del niño en el vocho, eso es lo que observó. Pero no le sale ni una descripción ni un dibujo que nos pueda dar a entender como era él. 

Cuándo su abuelo lee lo que ella le muestra, sin embargo, reconoce perfectamente lo que ella ha visto. 

Siempre hay diferencias entre el plomo y el verde. 

Al final la forma importa, cree.

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Santiago

El Santito duerme. De cuando en cuando lo oyes reír e imaginas que está soñando. Quisieras que sueñe contigo, pero no lo sabes. 

El Santito le sonríe siempre a mamá. Mamá lo arrulla y lo alimenta. Se levanta a media noche o de madrugada para cuidarle y protegerle. Durante el día está con él permanentemente para atenderle.

Cuando llegan las 18:00 horas llegan todas juntas y el Santito empieza a oír la música clásica reservada para esta hora: la del baño diario.

Papá ya ha llegado y si no tiene que salir a dictar taller -pasa algunos jueves- o a algún otro compromiso importante, prepara el biberón para el Santito mientras mamá va jugando con él y preparando todo para bañarle.

A veces llora, pero la mayor parte del tiempo le gusta. Se empieza por los cabellitos ralos que todavía han de caer para dar paso a los definitivos. Con el agua pasan de carositos a color más obscuritos de lo mojados. Luego vienen el cuello, axilas, codos y manos, los muslos y las piernas, los pies pequeñitos y espalda, barriguita y genitales.

¿Biberón? Sí, sólo para el momento de vestirle recién salido del agua, que luego empalma con su mamá.

Suena Brahms, inevitable en todos y cada uno de los móviles, y el Santito sonríe.

Cada día que pasa se va poniendo más conversador. Los agúes y ñañas son más frecuentes. Su sonrisa se amplía y sus ojos, curiosos, se han acostumbrado a subir la mirada a dónde haya una cámara.

Cae la noche y el Santito cierra sus párpados, que por hoy ya estuvo bueno, mañana ya es un nuevo día, y hay que aprender mucho, que la vida recién comienza.

Descansa Santito, tus papás te protegen y aman.

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En Palermo nadie toma helados

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Enero 2010

 

Tomas la C desde Retiro , pasas San Martín, Lavalle y Combinación con B en Diagonal Norte.

En Argentina NO HAY MONEDAS, porque y…. “esto es Argerntina, no Bolivia” la respuesta del pobre infeliz porteño desubicado, ignorante y prepotente. Vaya que como ese pobre diablo hay muchos. Más de los que quieres. Pero no todos son así. Marce por ejemplo, o el tipo de DISTAL, o la camarera en Hard Rock Café en Recoleta, o todos los artistas de la Peatonal Florida!!!

En el 17?? de Carranza vive una norteamericano. Trabaja pero viaja mucho. Está técnicamente de paso pero ya está acá y habla muy bien el “argentino” que es una especie de idioma similar al español como puede serlo el gallego o el portugués, pero que se entiende más fácilmente que estos.

En Sarmiento está la ciudad cultural, y allí van muchos seguidores del “teatro off” que cada vez es más “on” pero vale que se consume ingenio, arte y cultura.

En Florida está sentado un payasito que menea la cabeza de un lado a otro en un invariable tic-tac (pobre cuello…), a los pies una lata: echa una moneda si quieres saber que es lo que hago. Pobre. No se enteró que en Argentina NO HAY MONEDAS, y al fin nadie supo lo que hacía.

En la estación de Salida de los trenes hay una columna inmensa de personas -mal llamada fila-  ¿qué? ¿se acabarón los tickets para ir a Tigre? ¿Ya no hay cupo? 

No es nada de eso. En la “boletería”, encima de la ventanilla para ser más exactos, hay un rótulo: “MONEDAS” y los giles y las minas esperan su turno para cambiar y tener sencillo.

Sin embargo: “no es tan trágico mi amor”, como decía Fito, “es este cielo es este sol que ayer pareció tan extraño o acaso mis labios…”; porque si bajas a cualquier estación del subte, como en Dorrego, y pagas con billete te dan el cambio en monedas y ya no te bajarán  del bus, que acá le dicen colectivo, y que te puede llevar a casa en cualquier momento durante las 24 horas del día… y de la noche, que aunque haya sol hasta las 8 pm. en algún momento ya no se le ve, aunque nunca oscurezca.

Por lo menos en San Nicolás.

Claro que aunque llueve tibio a veces, “capital federal es un HORNO” dicen en las noticias, es mejor viajar en Metro porque es más fresco y corres más rápido, aunque no haya a donde ir igual siempre vas a llegar.

En cambio arriba… Arriba te cocinas y entre Scalabrini (Pronunciése: “Sácala a Britney”), Córdoba y Pueyrredón no ves a nadie tomar helados pese al sofocón.

Está muy bonito todo y bastante ordenado.

No vi a Charly pues estaba en Montevideo. Dicen que recuperado.

Las calles en un solo sentido y los semáforos ayudan mucho, y el sistema del metro y paradas de los colectivos evitan que te coma la Gran BAires.

Ahora regreso a casa, a mi ciudad de 2×3, y voy a extrañar algo de lo dicho antes, pero de verdad a Konex por lo que me mostró, y claro aprovecharé de tomar litros y litros de helado…

Caminas a Dorrego y te subes a la B, pero no a los Incas si no a  Alem, “volvés” a hacer combinación en Pellegrini / 9 de Julio / Diagonal Norte -creo que alguna vez le dijero Eva Perón-, cogés -palabra censurable que significa en Bs. As. follar- la Cy te vas a Retiro, al terminal de Buses -a estos interprovinciales o internacionales sí les dicen buses- y te vas. O si tienes más guita te jalas a Ezeiza, pero eso es otro cantar…

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