Pares y Nones

Ella dedica su tiempo a escribir.

Luego decide que no termina de encontrar las formas correctas.

Al final la forma importa, cree.

Él, si hay una ella debe haber un él –no siempre, ahora sí-, clava los dientes en un pan con una lámina de jamón y otra de queso fundido, mientras piensa que la forma es una humana estulticia. Los cuentos que ella crea nadie los cree. Y esto va más allá del juego retórico. Son cuentos. Se nota que son cuentos. Sabe hacerlos, aunque no le guste la forma en que quedan. Las mentiras que él cuenta son verosímiles. No le interesa crear, sólo lo hace como mecanismo de defensa. Sobrevivir ante todo.

La gente gusta de los cuentos de ella, pero creen más en las mentiras de él.

Y es que sus mentiras las vive. 

Mezcla de manera hábil e imperceptible –incluso para él- las mentiras con los contextos que conoce y así tiene apoyo para argumentar. Siempre derivando los temas a los puertos en los que ha estado antes, a los que conoce, a los que modifica.

Ella ha decidido no leer un rato, sino hacer lo que mejor sabe, observar. Ahora sólo describe. Así se empieza tranquilamente: “La humedad del suelo de cemento reflejaba la grisácea y pálida iluminación del cielo enfermo que de arriba la observaba. A los costados, cual ejército de esperanza, los brotes de pasto le daban un delineado a los jardines a los costados de la berma.”

“Las diferencias que habían entre el plomo suelo y el verde jardín parecían la alegoría natural a la diferencia entre el pobre jardinero con su pantalón de mezclilla y sus botas gastadas, con su sombrero de tela azul y su chaleco de polar que signaban bien su estatutos en esta sociedad latinoamericana de inicios del XXI: él era un triste y pobre diablo al servicio de alguien con más poder; y la presencia del educador, con terno y corbata, con los brillantes zapatos hechos para pisotear al jardinero, metafóricamente, por supuesto. “

La indignación de ella propone una denuncia, mostrar un hecho, tratarlo para que la forma no sea grotesca sino que, de a pocos, pueda enganchar. 

Pero las mentiras que él propone permiten establecer los hechos como se dan. Fríamente, sin ambages, para poder continuar: “La sociedad es así. Yo no tengo la culpa que algunos tengan y otros no. No puedo detenerme a ver esas cosas. Tengo que ir con la corriente, aprovechar mi oportunidad y salir al cemento para no mojarme los zapatos con la humedad del jardín. No voy a ser un jardinero –Señor Jardinero hace usted un trabajo encomiable, me gustaría hacerlo también yo (mentira, paga poco y no da poder)- voy a ser el educador”

Y sí, ella: ingenua.

Él: inconsciente.

 

 

Ella dedica su tiempo a escribir.

Luego decide que no termina de encontrar las formas correctas.

Al final la forma importa, cree, pero no es cierto, sabe. Si no hay una ella, entonces él no debe existir. 

 

Pero existe. Tiene 5 años y ha ido a visitar a los parientes con su familia. Al final se quedó a dormir en la casa de los tíos y hoy debe regresar a su propio hogar. No está mal su casa, pero es que hoy no la extraña. Muchas veces no la extraña. Si fuera gato saltaría de techo en techo para librarse de los perros y aprovechar el sol. Pero no es gato. Mientras van a dejarlo de vuelta a casa se han detenido en una estación de servicio, acá les dicen “grifos”, sabe Dios por qué.

Ha estado lloviznando desde ayer y las pistas están húmedas. cuando pasan los autos suena el aplastar de las miles de burbujas que se van formando y reventando en el acto. Es la oportunidad. Él ha querido viajar en la perrera -no es perro tampoco- del viejo vocho 67, pero se lo han prohibido, sabe Dios por qué..

El olor de la nafta le ha mareado y es entonces que bueno, para que pare de fastidiar, le dejan que se meta en el estrecho espacio que tienen los volkswagen escarabajo entre el asiento y la luna traseros, sabe Dios por qué.

Cuando han partido no le ha ido como creía. Fuera se ve todo deformado por las gotas de lluvias que caen en el parabrisas trasero. Una tras otra las gotas minúsculas van descendiendo sumándose a las que estaban quietas y arrastrándolas en su bajar. 

Al llegar a una avenida ha desacelerado el tío porque se aproximan a un cruce con el semáforo en rojo. 60 segundos no son muchos realmente, pero a él le han bastado para ver a la menuda niña que del brazo de su abuelo cruza presurosa por la cebra peatonal. Se le cae un libro que en el aire atrapa. El abuelo la ve y ella sonríe con la frente salpicada de la incesante llovizna. Terminan de cruzar y de algún modo extraño ella se percata de él en el auto y le agita la mano diciéndole ciao, del modo del aloha hawaiano, es decir una combinación de hola y adiós.

Cuando llega a casa se queda con la imagen de la niña en la cabeza por más de 20 años pensando alguna vez volverla a encontrar. No sabe de que forma. La forma no importa, cree. 

 

En su casa, en ese momento, ella se dedica a escribir. Abre su libro de cuentos ilustrados y se pone a ver los dibujos y a escribir sus propias historias acerca de las imágenes. Es una buena forma de empezar. Describir. No lee el cuento porque le bastan la sucesión de imágenes para crear su propia historia al respecto. Por eso no lo lee, aún, sólo se dedica a hacer lo que mejor sabe, observar.

Y en su pupila se ha quedado la cara del niño en el vocho, eso es lo que observó. Pero no le sale ni una descripción ni un dibujo que nos pueda dar a entender como era él. 

Cuándo su abuelo lee lo que ella le muestra, sin embargo, reconoce perfectamente lo que ella ha visto. 

Siempre hay diferencias entre el plomo y el verde. 

Al final la forma importa, cree.

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