Una Checkered Flag por mi

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Algunos indicios para recordar en un futuro no muy lejano.

Voy en La Nave Roja y por el retrovisor he visto un par de autos que detrás vienen con luces rojas. Sí, no blancas o amarillas, no neblineras o halógenas. Extrañamente rojas. Me ha llamado la atención. Al frenar, en “La Curva” Sólo he podido ver los rojos stoppers de todos los coches que se amontonan de ida al sur.

Ni una luz de coches que vengan desde, no. Sólo los que vamos.

No escucho bien, y no me interesa.

La sangre mana a borbotones. Me han dicho que no me preocupe, que en la cabeza, y especialmente el rostro, la sangre siempre se chispa así. En grandes cantidades. Avanzo con el temor de dejarte.

Que escribo en difícil. Que mezclo ideas y no quedan claras. Qué mierda! A quién le puede interesar eso. Acaso toco la guitarra para satisfacer a un público? Acaso no están contados ya mis días? Uno tras otro revivo la vieja historia ya desgastada en mis ojos.

Cuando tratan de ponerme en pie se dan cuenta que mis piernas no responden. entonces, uno de ellos, el de lentes disimuladamente pretende que no lo veo clavar una aguja en mi pantorrilla. pero no me molesta. Son tan inocentes…

No tan inocentes como tú. Que hoy has venido a darme un abrazo con todas tus fuerzas. Que me has colmado de besos y de risas que siempre recordaré. Que te has hecho alguna vez un ovillo entre mis brazos.

Que por ti me he levantado con alegría y cansancio -curiosa mezcla- cada vez a la madrugada.

Mi respiración se va desacelerando. en un rato más ya podré respirar a un ritmo normal… pero mis manos se han puesto heladas y ligeramente azules. Más bien moradas, sobretodo cerca de las uñas. Me acompañan los sonidos más fríos aún de Jesus & Mary Chain. Me dan una triste paz. Una sensación de esplín magnífica. La nostalgia predecesora de esta maldita enfermedad enamoradiza que es la depresión va embargando mi cabeza como pequeños shots de humo en mi cerebro.

De a pocos voy respirando el frío y los párpados se mueren en su angustia. Ahora me cuesta el aliento.

La Nave Roja acelera sin piedad. No hay quién pueda evitar ser rebasado. No hay quién pueda alcanzarme. El motor ruge en sexta y la llovizna empaña el parabrisas.

 

Desconectado, antes de llegar al hospital. La ambulancia con su sirena y el rojo iluminar de su circulina realiza solo un hecho cotidiano, rutinario, aburrido. Ya no respira. Ya no late.

Atrás, queda La Nave Roja hecha pedazos, humeante, retorcida, con la nariz destrozada y las lunas rotas. Restos rojos como los de mi sangre que han manchado la carrera.

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